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Martes 15 de diciembre de 2009 |
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Cómo se cuidan entre sí en la tierra tomada por el paco
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En la villa 21-24 echan del barrio a los que cometan delitos. En La Cañada, Ensenada, salen a la calle para cuidar a vecinos que van a trabajar. |
“Hasta el 2006 ni un chorro se iba a meter con un vecino del barrio, pero hoy ya no importa nada, te podés comer un tiro gratis en cualquier momento”. Así define Mirta la inseguridad que padecen los habitantes de la villa 21-24, de Barracas. Un lugar que, a pesar de los esfuerzos del ya célebre padre Pepe, amenazado por las mafias del paco,sigue en un estado de desprotección casi absoluto.
En la villa, los narcos locales se mezclan con los “importados”, y los chorros ya no respetan código alguno: es que la mayoría son menores consumidos por el paco, y en muchos casos ya entrenados por las nuevas mafias que operan en el lugar. Al menos es lo que aseguran Carolina y Federico, un matrimonio que sabe muy bien que después de las diez de la noche ya nadie sale o entra de casa.
“Hay una nueva mafia que está operando acá y ya no podés salir. Se escuchan tiros toda la noche”, cuenta Carolina mientras muestra una bala perdida que cayó en la puerta de su casilla: “Es de una 9 milímetros. Una de estas te mata un pibe al voleo, y esas cosas ya pasaron”. La mujer es brava, y lo hace notar: “Acá las nenas no crecen con muñecas, si a mí me vienen con un arma yo salgo con un cuchillo. Las mujeres somos las peores a la hora de protegernos”.
“Antes el narco no molestaba al chorro y el chorro no molestaba al narco. Ahora hay pendejos que te encañonan a la mañana cuando vas a laburar”, completa Federico que asegura: “Hay una organización que vive en el barrio a la que le conviene la inseguridad. La Policía sólo viene cuando matan a alguien en la avenida Iriarte y aparecen las cámaras de Crónica TV”.
Vale destacar que en esa avenida, una de las dos principales arterias de la villa, junto con Luna, se mezclan narcos, chorros y policías: ahí, a partir de las diez de la noche un sólo sonido gobierna la 21-24: el de los tiros.
CUIDARSE EN LA VILLA. Lo que antes era una ley inquebrantable –“no robarás a tu vecino”-, hoy está pasada de moda y fue suplantada por pequeños ritos que identifican al habitante promedio de la 21-24 y que, llegado el caso, puede alertar a los demás en caso de peligro.
El saludo en voz alta es uno de esos nuevos tics: “Buenas Rita”, grita Jorte “Titi” Duarte, presidente de la ONG EcoGuardianes (encargado de mostrarle el barrio a Criticadigital), mientras recorre los entramados de la villa. Mirta contesta, lo besa y se detiene a conversar: “Si hoy llamás al 911 te dicen que tengas cuidado, que te pongas a resguardo y que ya te van a atender. Así te tienen 30 minutos, después dicen que no ubican la calle y nunca llegan”.
Ante esto, y la reiterada acusación que la comisaría 32º con jurisdicción en el lugar no hace nada, la mujer detalla algunas medidas que tomaron los vecinos para protegerse: “Acá adentro nos conocemos todos, si viene alguien de afuera y empiezan las quejas por robo, directamente lo vamos a buscar. Pero no van todos, tenemos un par de “paraguas” bastante pesados y te aseguro que esos no vuelven más”, se jacta la mujer.
“Acá lo que funcionan son las rejas, las cadenas, los candados y los perros”, cuenta Ramón, que se suma a la charla. El hombre, un ex convicto que pagó sus culpas en Devoto y que hoy colabora con los EcoGuardianes, asegura que existen otras medidas para protegerse: “A la mañana salen todos juntos a laburar y ante cualquier movimiento raro sobre alguno todos los demás saltan, se protegen. Igual esto es una lotería, en cualquier momento te puede tocar”.
EL SUR TAMBIÉN SE DEFIENDE. En la zona Sur del conurbano bonaerense, donde las cosas suelen estar manejadas por punteros políticos, la gente está algo más organizada que en la villa 21-24, pero la inseguridad es la misma.
En el barrio La Cañada, partido de Esteban Echeverría, los vecinos ya tienen su pequeño ritual. A las seis y media de la mañana todos sacan sus sillas y mates a la vereda, y empiezan una mateada que se prolonga por cuadras, cuadras por las que transitan trabajadores que van a tomarse el tren; una vez más, esta vigilancia vecinal impide que los “fisuras”, como llaman a los chicos que continúan "de gira" a puro paco, se acerquen al grupo.
En el mismo Partido, pero de noche y en el barrio Lauda la cosa es distinta: existe una suerte de "vigilador privado", un vecino desempleado y sin asistencia social que, armado, vigila las casas de noche. Lo realmente llamativo del asunto es la paga: el cuidador sólo cobra en comida. Los vecinos no pueden darle más que eso y para él es suficiente.
Emilse Peralta, madre de Diego Peralta, secuestrado y muerto en 2002, continúa su vida en el Jaguel, paraje Siglo XXI, barriada humilde que, aunque no clasifica como villa, sufre de estos mismos problemas. La mujer consiguió trabajo en la Municipalidad desde donde puede ver cómo crece la inseguridad en la zona Sur, de las más complicadas del Conurbano y su famoso mapa del delito.
"Las madres en las villas están desesperadas, la gente antes pedía pan y trabajo, hoy piden seguridad. Esteban Echeverría tiene al menos cuatro villas en pleno desarrollo, y lo que manda es el paco", dice y hasta se atreve a un consejo: "A las madres le digo que sean muy compinches, que acompañen a sus hijos y los cuiden del paco. Los pibes están consumiendo hasta 180 dosis por día ($ 5 cada una) y le roban a todos: a la madre, los hermanos, a los vecinos, ya no hay códigos”.
En Esteban Echeverría muchos vecinos se turnan para vigilarse, la gente se quiere armar, pero eso es una locura", completa Emilse que agrega que en el barrio Lauda ya combinan horarios para cuando los chicos entran y salen de la escuela. Algo resignada, también cuenta que hubo un tiempo en que se habían comprado timbres que se conectaban a los faros de luz, aunque sí: ya se los robaron.
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